En la década de 1790, varios comerciantes de Massachusetts conspiraron para arruinar a un excéntrico inversor llamado Timothy Dexter. Aprovechando su ingenuidad, le convencieron de una idea aparentemente suicida: comprar miles de calentadores de cama (sartenes cerradas de latón para introducir brasas bajo las mantas) y exportarlos directamente a las Indias Occidentales.
Enviar artilugios para combatir el frío polar a las islas del Caribe era, sobre el papel, una bancarrota asegurada y el hazmerreír del puerto. Nadie con dos dedos de frente necesitaría jamás calentar sus sábanas a treinta grados a la sombra.
Sin embargo, Dexter aplicó sin saberlo una de las leyes maestras del marketing radical: el reencuadre. En lugar de intentar convencer a los caribeños de que tenían frío, sus barcos presentaron las piezas como cazos metálicos perfectos para espumar y manipular melaza en las haciendas azucareras locales. Las tapas perforadas se vendieron como coladores de zumo. Agotó el inventario en pocos días y obtuvo una rentabilidad neta superior al 79%.
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